La importancia de parar a pensar…

Vacaciones, sol, calor, playa, naturaleza, noches de música y terraceo, seres queridos, diversión, descanso… 

El verano es el momento que la mayoría aprovechamos para parar o reducir nuestras actividades y rutinas diarias del resto del año. Es el momento que much@s aprovechan para hacer todo lo que no pueden hacer (o creen que no pueden hacer…) el resto del año: descansar, apartarse del tumulto diario, disfrutar más de días en familia,…. 

Y con esto, no es raro que suceda en muchas ocasiones durante este periodo que veamos algunas situaciones que nos han mantenido desasosegados durante el año con un punto de vista diferente: más relativizado, más claro en cuanto a nuestra posición con respecto a ella, incluso que cambiemos de opinión. Es normal: porque hemos “parado” o reducido el ritmo, y nuestro cerebro, curiosamente, es más eficaz. Pero en realidad no se para de “pensar”: quizás sí de “procesar” grandes cantidades de información diarias, provenientes de obligaciones que tenemos, creencias que asumimos, pensamientos que rumiamos… y cuántos más, mejor, pues tenemos la falsa y nefasta creencia de que la “multitarea” y la “multifunción” son sinónimos de “ser altamente eficaz y productivo”. Nada más lejos de la realidad…

¿Ser multitarea es ser más productivo y eficaz?

Ya hace un tiempo que la ciencia ha demostrado con evidencias que no podemos hacer con eficacia varias cosas a la vez, y que la “multitarea” y la “eficiencia” son más antónimos que todo lo contrario. Que utilicemos con regularidad el término “multitarea”, tomado de la jerga tecnológica (multitasking) para asociarlo a nuestra capacidad de ejecutar múltiples tareas a la vez como es capaz de hacer un ordenador, no quiere decir que nuestro cerebro lo sea.

Investigadores de la Universidad de Standford han demostrado científicamente que nuestra inteligencia y nuestras habilidades competenciales se ven claramente mermadas cuando tratamos de abordar simultáneamente varias acciones, y cometer errores en algunas de ellas que no cometeríamos si dispusieran del 100% de nuestra atención. ¿No te ha sucedido nunca ir hablando por teléfono con el bluetooth activado en el coche y despistarte de la ruta que ibas recorriendo? ¿O echarle sal dos veces al guiso que estás haciendo mientras estás hablando con otra persona?

Más allá de esto, estamos sometiendo de manera continuada a nuestro cerebro a un nivel de sobrecarga que deteriora de forma importante nuestra salud y capacidad mental. Esta sobrecarga genera cortisol, hormona que se libera como respuesta al estrés, que mantenida durante mucho tiempo en nuestro organismo, redunda en efectos muy perjudiciales para el mismo y en nuestra calidad de vida: dificultad para conciliar el sueño, fallos de memoria, problemas en el sistema digestivo, deterioro del sistema inmunológico, envejecimiento prematuro, sobrepeso, enfermedades cardíacas…

Pero entonces, ¿por qué estamos tan convencidos de la necesidad de vivir con la cruz de la “multitarea” a cuestas? ¿Por qué en las empresas se sigue exigiendo esta habilidad como una competencia positiva para el negocio, cuando está claramente demostrado que la manera en que mejor funcionamos es centrando el 100% de nuestra atención a una tarea cada vez para ejecutarla del modo más excelente posible? Quizás esta paradoja sirve para licitar que endosemos a otras personas varias responsabilidades que deben acometer en paralelo y disponiendo del mismo tiempo para todo. Pero entonces, ¿buscamos ser profesionales con capacidad de hacer más y de forma mediocre, o profesionales capaces de identificar qué es lo realmente importante y esencial y acometerlo con excelencia y esmero? Si lo pensamos con una visión más largoplacista, ¿qué es verdaderamente más beneficioso para el negocio?

Es más… ¿has observado qué tipo de personas son las que toman las decisiones realmente importantes en grandes compañías? ¿Crees de verdad que no se conceden el tiempo que necesitan para parar a pensar antes de actuar impulsivamente y sin concentrarse sólo en esa cuestión?

“No tengo tiempo”. Vuelta a la rutina y vuelta a los malos hábitos

Con la llegada de septiembre llega para la mayoría la vuelta a nuestro día a día, a las prisas,… y aunque la pausa o ralentizamiento del verano nos hubiera dejado un importante poso de reflexiones e ideas creativas con que retomar estos últimos meses del año, normalmente no tardamos ni una semana en olvidarlo todo, y volver como autómatas al torbellino en que vivíamos antes, de “hacer” mucho y “parar a pensar” poco. Vuelta a tener gran parte de nuestro día ocupado y con enormes dificultades para enfocar con una visión de medio y largo plazo que dé sentido a nuestras decisiones que será canjeada por una visión cortoplacista y táctica, que sólo nos llevará a frustrarnos por ver que avanzamos haciendo muchas cosas que nos mantienen ocupados pero siendo poco productivos y sobre todo, no llevándonos al objetivo y propósito que nos marcamos en aquellos idílicos días de verano y en los que nos permitimos parar a pensar.

Es como la famosa lista de buenas intenciones de Año Nuevo, pero repetida en agosto… y olvidada en septiembre.

“¿Puedes correr sólo hasta el siguiente punto de avituallamiento?”

Esta frase la llevo por bandera en mi manera de hacer coaching con mis clientes y de definir hojas de ruta con ellos para evitar “perderse en el camino”. Se la escuché decir a Josef Ajram en una de sus fantásticas conferencias hace años, y se me quedó grabada porque me pareció un enfoque tremendamente útil para comenzar a modificar hábitos poco a poco y sin frustrarme. Y alude precisamente a la manera de afrontar mentalmente una carrera de fondo que se nos puede hacer muy, pero que muy cuesta arriba. En el ámbito que estamos tratando, el final de esa “carrera de fondo” sería haber logrado dar una vuelta de 180º a nuestro día a día para tomar decisiones meditadas, priorizadas adecuadamente, liderando nuestra vida y siendo dueños y dueñas de nuestras decisiones, sintiendo que el estrés son “picos de estrés” ocasionales (que es como debería ser). 

Y es que psicológicamente, mientras en una situación de extremo cansancio físico y mental, pensar en llegar al final del todo nos hace venirnos muy abajo por la cantidad de energía que precisará, si pensamos en “trocear el elefante” del objetivo que nos marcamos y “correr sólo hasta el siguiente punto de avituallamiento”, introduciendo unos primeros cambios más sencillos, más asequibles para nosotros en este preciso momento, pero que ya generen un pequeño impacto en nuestro día a día, nuestra mente lo acoge con mucha mejor predisposición porque en términos de eficiencia energética lo percibe como mucho más alcanzable. Y en lugar de bloquear nuestra acción para el cambio, la impulsará.

Bien, y ¿hasta qué “punto de avituallamiento” podríamos plantearnos correr para dar un paso más hacia una vida en la que seamos más protagonistas? “Parar a pensar” no tiene por qué implicar una enorme cantidad de tiempo: muchas veces sólo con concedernos unos minutos para respirar y volver a reflexionar sobre una cuestión es suficiente para evitar automatismos que lamentaremos después. ¡Pruébalo! Permítete 5 minutos antes de cada decisión importante que vayas a tomar para valorar adecuadamente tu respuesta, y si esto te cuesta hacerlo, concédete 1 minuto para poner en la balanza si merece la pena hacerlo, preguntándote lo siguiente:

  • ¿Prefiero responder y tomar esta decisión YA por el agobio que me genera que piensen que no estoy siendo eficiente o responder desde la coherencia conmigo mism@, desde mis valores, mi propósito e intención auténticos, aunque ello conlleve postponerlo ligeramente para encontrar el espacio que preciso para pensarlo bien?
  • ¿Quiero dar una respuesta a esta situación desde mi ego o desde mi ser y persona auténtica? 
  • ¿Quiero decidir para otros o quiero decidir para mí, siendo coherente con una causa mayor a mi mism@ (como puede ser el propósito de un proyecto o la filosofía y cultura de una empresa), y siendo ecológic@ con el bien común de mis compañer@s?
  • Y lo más importante, ¿para qué creo yo que estoy aquí y cómo creo que voy a aportar más valor, siendo eco del criterio que creo que tienen otros o ejerciendo el mío propio? ¿Cómo me voy a sentir mejor mañana?

Si logras hacerte estas preguntas antes de decidir darte unos minutos más para concentrarte con calidad en cada cuestión y tomar la decisión adecuada para tí, estoy segura de que no dudarás en dar el siguiente paso y parar a pensar si realmente es necesario.

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